Nuevamente os cuento una de mis experiencias personales. Hoy he salido del trabajo con la cabeza zumbada después de estar realizando el análisis de una web. Para empezar, la guagua (autobús) estaba bastante llena, cosa inusual en esa hora, y encima el conductor era el tipo al que llamo “el tío Despistes” (ya veréis por qué). Entonces tras de mí subieron siete chavales que salieron del colegio y se acomodaron en los asientos que habían delante y detrás de mí. El problema es que esos chicos eran de lo más escandaloso, no era sólo que hablaran alto, sino que daban voces, no se estaban quietos y comencé a entrar en ese estado donde la venilla del cuello empieza a palpitarte. Así que me puse el mp3 player a todo volumen para no oirlos, cosa que a la larga fue peor porque se me mezclaron todos los sonidos.

En medio de esta jungla de ruidos que me ponían de los nervios, me di cuenta que la gente mayor entraba, incluso un señor con muleras, y ninguno de los jóvenes de la parte de delante cedía el puesto. Yo no podía, pues suelo sentarme al fondo y hasta allí no llegan las personas mayores, prefieren quedarse delante.
Ya llegando a mi destino, veo que la señal de parada está encendida, pero el “tío Despistes” se la pasa de largo y me deja en la siguiente parada, que está en el quito pino (y es la tercera vez que me lo hace). Se ve que del ruido el conductor se encerró en su mundo interior y no se enteró ni de la señal de la parada, ni de mis voces para que parara. Resignación, me bajo del vehículo y me subo toda la cuesta hasta mi casa.
En resumen, que he llegado a mal genio a casa y he querido contarlo para desahogarme un poco.